La infancia no se acaba de golpe: se va en los detalles que dejamos pasar

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La infancia no avisa cuando se va. No hay una mañana en que el niño se despida y la etapa quede cerrada. Lo que ocurre es más discreto: las rutinas cambian poco a poco, los rituales de antes dejan de ser necesarios, y los padres se dan cuenta demasiado tarde de lo que habían dejado de hacer.

Los pequeños rituales que no parecen importantes

El niño que entra corriendo al dormitorio al amanecer, el que pide un cuento antes de dormir aunque ya sepa leer, el que llama para enseñar algo sin que ese algo tenga ningún interés objetivo. Son gestos que los padres soportan más que disfrutan cuando están cansados, y que luego añoran cuando desaparecen sin fecha ni ceremonia.

La rutina familiar engaña. Da la impresión de que esos momentos cotidianos van a seguir siendo constantes porque llevan meses repiténdose. Pero la infancia no funciona así: no avisa, simplemente deja de estar. Un día el niño prefiere quedarse en su cuarto. Luego deja de pedir el cuento. Después empieza a tener pensamientos que no comparte y experiencias que no necesitan validación de los padres. Es un proceso natural, pero eso no lo hace menos desconcertante para quienes lo viven.

Lo que cansa al principio se convierte en tesoro

Hay una curiosa inversión en la crianza. Lo que agota en los primeros años —la demanda constante de atención, la vigilancia permanente, la presencia obligatoria— es exactamente lo que más se echa en falta cuando desaparece. Los padres pueden encontrarse con que aquellas interrupciones que antes sobraban se han convertido en recuerdos que buscan recuperar sin conseguirlo.

La madurez de los hijos trae cosas buenas: conversaciones más sustanciosas, relaciones más igualitarias, la posibilidad de tratar al otro como a un igual. Pero la infancia, con toda su demanda irracional y su asombro por lo insignificante, no tiene equivalente en ninguna otra etapa.

Estar presentes sin convertirlo en una obligación

El consejo más repetido es «aprovechar cada momento», pero eso genera la ansiedad contraria: la sensación de que cualquier rato no aprovechado es tiempo perdido. Hay una diferencia entre estar presentes y estar encima. La infancia se vive bien cuando los padres aprenden a observar sin forzar, a escuchar sin redirigir, a compartir sin necesitar que el momento sea memorable.

Las cenas apresuradas, los trayectos al colegio con música de fondo, los ratos en el sofá sin hacer nada en particular: ahí está gran parte de la infancia. No en las excursiones planeadas ni en los aniversarios. En la región, los eventos familiares de la comunidad también crean esos recuerdos compartidos: la Feria de los Sabores de Alcázar de San Juan, con sus 80 casetas y actividades para todos los públicos, es uno de esos espacios donde las familias de la comarca construyen momentos que luego recuerdan.

La infancia también contiene promesas que los jóvenes van cumpliendo. Ver a una niña que creció escalando en un polideportivo llegar al Europeo juvenil —como le ocurrió a Telma Flores Yuste, la escaladora albaceteña que recibió la Medalla de Bronce al Mérito Deportivo— es la continuación de lo que empezó en esas etapas que los padres a veces no saben cómo valorar mientras ocurren.

Preguntas frecuentes

¿Por qué los padres no se dan cuenta de que la infancia se acaba?

Porque el cambio es gradual, no hay un momento concreto de ruptura. Las rutinas se van modificando de forma casi imperceptible y los padres solo perciben la ausencia cuando ya los rituales de antes han desaparecido por completo.

¿Cómo aprovechar mejor el tiempo con los hijos pequeños?

Más que tratar de «aprovechar cada momento», los expertos sugieren aprender a estar presentes en los momentos cotidianos sin convertirlos en una obligación. Las cenas normales, los trayectos, los ratos sin actividad planificada son los que más se recuerdan.

¿Cambia la relación con los hijos cuando crecen?

Sí, pero no necesariamente para peor. Las relaciones se vuelven más complejas y más igualitarias. Lo que se pierde es la espontaneidad y la demanda sin filtro de atención que caracteriza la infancia, y eso es lo que los padres suelen añorar.

Fuente: Diario de la Mancha